La antipolítica como suicidio social

 La antipolítica como suicidio social

Por Pedro Danel Guzmán

Vivimos tiempos extraños. Tiempos en los que se ha puesto de moda odiar la política. Las redes sociales arden con mensajes que desprecian a los partidos, a los congresistas, a los presidentes, a todo lo que huela a institucionalidad. La frase más repetida no es una propuesta, es una consigna: “Que se vayan todos”. Pero detrás de ese grito no hay un plan, ni una idea, ni una esperanza. Solo hay rabia. Y esa rabia mal encausada está empujando a nuestras sociedades hacia un abismo: el de la antipolítica.

La antipolítica no es simplemente desconfianza o crítica. Eso sería sano. La antipolítica es otra cosa: es el rechazo visceral, casi ideológico, de todo lo relacionado con la vida pública. Es el cinismo elevado a identidad. Es la renuncia al debate, al diálogo y a la organización ciudadana. Y por eso mismo, es también una forma de suicidio social.

Una sociedad que deja de creer en la política es como un cuerpo que deja de bombear sangre: empieza a morir lentamente. Y lo más peligroso es que esa muerte no es repentina. Es progresiva, silenciosa. Comienza cuando dejamos de votar porque “todos son iguales”. Continúa cuando aceptamos que nos gobierne el que grita más fuerte o el que promete castigar, no gobernar. Termina cuando las instituciones ya no tienen legitimidad y el único poder que queda es el del dinero, la violencia o el miedo.

En el vacío que deja la política no florece la justicia, florecen los demagogos. Cuando las personas decentes se alejan de lo público porque “eso está podrido”, los espacios son ocupados por los peores. La antipolítica, lejos de ser una vacuna contra la corrupción, es su mejor aliada. Porque elimina los controles, silencia las voces críticas y vuelve todo espectáculo. El resultado no es más democracia, es menos.

No hay forma civilizada de construir futuro sin política. Ninguna. La historia lo demuestra una y otra vez. Los países que progresan, que amplían derechos, que reducen desigualdades, lo hacen con más y mejor política. No con desprecio, sino con reformas. No con odio, sino con participación. Rechazar la política es como romper el termómetro porque no nos gusta la fiebre. Pero la fiebre sigue ahí.

Entiendo la frustración. Entiendo el cansancio. Pero abandonar la política es como abandonar el timón de un barco en medio de la tormenta. No desaparece el problema: lo agrava. El cinismo colectivo no construye hospitales, ni escuelas, ni empleos. Solo agranda la distancia entre los ciudadanos y las soluciones.

Hoy, más que nunca, necesitamos una ciudadanía crítica, sí, pero no cínica. Una sociedad que no se conforme con indignarse, sino que se organice, se exprese y actúe. La política no es el enemigo. Es la única herramienta que tenemos para cambiar las cosas sin violencia.

Porque al final, lo que está en juego no es un partido ni una elección. Es el futuro mismo de nuestra convivencia. La antipolítica no es rebeldía. Es rendición. Y rendirse, en estos tiempos, es un lujo que no podemos darnos.

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