De alianzas políticas y otros demonios (1)
Por: Jorge Moronta
Intentar anticipar lo que ocurrirá en la contienda electoral dominicana de cara a las elecciones de 2028 es, sin duda, un ejercicio prematuro y arriesgado. Sin embargo, en la política —como en la guerra— no se improvisa. Conociendo las fechas de las futuras batallas, resulta prudente comenzar a trazar posibles escenarios, identificar aliados y adversarios, y diseñar estrategias con la debida antelación.
En días recientes ha resurgido el debate sobre las alianzas electorales, esta vez impulsado por Danilo Medina, líder del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), quien ha sido categórico al señalar que su organización está abierta a recibir a quien quiera, siempre y cuando el candidato presidencial que encabece la boleta sea del PLD.
A dos años de los comicios resulta difícil determinar con certeza qué partido o candidato liderará las encuestas y, por ende, quién estaría en condiciones de reclamar la primacía dentro de una eventual alianza en primera vuelta. De hecho, ni siquiera se han definido formalmente los aspirantes presidenciales. No obstante, donde sí comienzan a percibirse señales más claras es en el terreno de las candidaturas locales, un espacio donde la lógica política suele distanciarse —y mucho— de la que domina en el plano nacional.
En los municipios, distritos y circunscripciones electorales se impone una dinámica distinta: la supervivencia política. El deseo de conservar o alcanzar un cargo electivo suele colocarse por encima de las rivalidades históricas, los resentimientos y las diferencias ideológicas entre las cúpulas partidarias. Es en ese nivel donde las alianzas resultan más viables, más pragmáticas y, en muchos casos, inevitables.
Las elecciones municipales y congresuales de 2024 constituyen un punto de referencia ineludible para este análisis. En buen dominicano, el Partido Revolucionario Moderno (PRM) arrasó: obtuvo 146 de los 190 diputados, 122 de las 158 alcaldías y 150 de los 235 distritos municipales. Se trata, sin exageración, de uno de los mayores triunfos electorales alcanzados por una organización política en la historia democrática reciente del país.
Este resultado otorga al presidente Luis Abinader una amplia capacidad de gobernabilidad en el presente y, al mismo tiempo, una posición de fuerza de cara al futuro. Su mayoría en el Congreso le permite aprobar leyes y presupuestos sin mayores dificultades, mientras que el control de la mayoría de los gobiernos locales se traduce en estructuras territoriales, liderazgos comunitarios, capacidad de movilización y recursos políticos, elementos decisivos en cualquier campaña electoral.
Paradójicamente, esa misma fortaleza puede convertirse en el principal desafío del PRM rumbo a 2028. Cuando un partido concentra tantos cargos electivos, sus dirigentes tienden a aferrarse a ellos. Alcaldes, directores de distritos y legisladores difícilmente estarán dispuestos a ceder espacios a potenciales aliados si perciben que su partido conserva opciones reales de triunfo. Esta realidad reduce el margen de maniobra para construir alianzas amplias y sostenibles.
En contraste, tanto el PLD como la Fuerza del Pueblo llegan al próximo ciclo electoral con menos posiciones en disputa. Esa debilidad relativa, producto de los resultados recientes, podría convertirse en una ventaja estratégica. Al tener menos cargos que proteger, disponen de mayor flexibilidad para negociar candidaturas locales, compartir boletas o ceder espacios a cambio de apoyos estratégicos en otras demarcaciones.
De ahí que resulte comprensible —aunque no necesariamente eficaz— la insistencia de Danilo Medina en que el PLD encabece cualquier alianza presidencial. La política, sin embargo, no se define por aspiraciones, sino por correlaciones de fuerza. Y esas fuerzas, hoy por hoy, se miden en votos, estructuras y cargos electos.
El PRM, por su parte, debe evitar dormirse en los laureles y comenzar desde ahora a diseñar una estrategia que le permita enfrentar —y vencer— una eventual alianza entre el PLD y la Fuerza del Pueblo, encabezada por Leonel Fernández. En ese esfuerzo, los partidos aliados del oficialismo desempeñan un rol crucial. Para las elecciones de 2024, el presidente Abinader logró articular una coalición de alrededor de 22 partidos políticos, cuyo aporte resultó determinante para el triunfo electoral. De cara a 2028, será imprescindible definir cuáles de esos aliados jugarán un papel estratégico, de forma tal que se les fortalezca y se les dote de las herramientas políticas necesarias para cumplir con las tareas que les correspondan.
En definitiva, si algo enseñan los procesos electorales recientes es que las alianzas de 2028 no se decidirán exclusivamente en los despachos de los líderes nacionales. Se estarán construyendo, desde ahora, en los municipios, en las circunscripciones electorales, en los distritos y en la silenciosa negociación entre dirigentes que saben que, en política, sobrevivir muchas veces importa tanto —o más— que vencer.
Ahí, justamente ahí, es donde habitan las alianzas… y otros demonios.
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