Una apuesta arriesgada

 Una apuesta arriesgada

El Gobierno operará con muchas restricciones, no podrá hacer muchas de las obras que se ha propuesto y la calidad del servicio de muchas instituciones se puede deteriorar, porque sus presupuestos tendrán que congelarse o reducirse.

Tal vez, la lección aquí es que es mejor que un candidato o presidente no hable de impuestos. George Bush padre aprendió eso de la peor manera posible.

Después de ir y venir con el tema de los impuestos, el Gobierno anunció que no va a presentar una reforma tributaria. Por segundo año consecutivo, fracasa en el intento. El año pasado muchos sectores consideraron que fue improvisado tratar de colocar nuevas figuras impositivas en el Presupuesto, las cuales tomaron por sorpresa a la población. Esto llevó a que se negociaran adelantos de impuestos con algunos sectores económicos.

Todavía no se ha dicho a qué tasa de descuento se negociaron esos adelantos, porque, como bien dijo Milton Friedman, “no hay almuerzo gratis”. Esos adelantos son similares a un préstamo, con la diferencia que se registran como ingresos y no como un aumento de deuda.

Tal vez son las redes sociales o una clase media mucho más grande y empoderada, pero no hay dudas de que ahora es mucho más difícil aumentar impuestos. El tema de comunicación es tan fundamental como la preparación de una reforma técnicamente sólida. En ambos tópicos se falló. Y aún si se hubieran hecho bien, todavía faltaba el cedazo de la viabilidad social y política en el marco de una pandemia que no cede. Hacer una reforma en estos tiempos es una tarea muy compleja.

Conociendo los informes que dieron sustento al documento que circuló, es fácil saber lo que pasó: el Gobierno sumó todas las medidas que se han recomendado en los últimos años sobre todas las figuras impositivas, sin analizar su impacto y viabilidad. En adición, aumentar las tasas de la mayoría de los impuestos es simplemente cobrarles más a los contribuyentes cautivos, como los asalariados o las empresas que cumplen sus obligaciones, en un momento en que la sociedad reclama que se le cobre a los evasores y no se cargue más al que siempre paga.

Importantes promesas relativas a la tributación realizadas en el último año fueron ignoradas; o se proponía exactamente lo contrario a lo que se había dicho (como aumentar las retenciones o aumentar las tasas de la mayoría de los impuestos); o simplemente ahora quedan en el aire (como eliminar la proporcionalidad del ITBIS o eliminar el anticipo). Tal vez la lección aquí es que es mejor que un candidato o un presidente no hable de impuestos. George Bush padre aprendió eso de la peor manera posible.

Ahora la apuesta es a que el problema de las finanzas públicas se resolverá con el crecimiento económico. Y no hay dudas de que el crecimiento resuelve muchas cosas. Pero en este caso es una apuesta arriesgada, porque los datos históricos no respaldan para nada esta teoría.

Contrario a la experiencia de América Latina, en nuestro país el mayor crecimiento no ha implicado una mayor presión tributaria. Mientras en la región ha habido una significativa convergencia en tributación con los países desarrollados, la convergencia en crecimiento ha sido débil e inestable. De hecho, la brecha actual entre el PIB per cápita (en paridad de poder compra) es prácticamente la misma hoy día que hace treinta años. Pese a ello, la región ha reducido en quince puntos porcentuales la brecha en tributación con los países de la OCDE. En resumen: América Latina ha convergido en tributación, pero no en crecimiento.

Por el contrario, el crecimiento sostenido del país ha permitido acortar la brecha del PIB per cápita en casi 25 puntos porcentuales respecto a los países desarrollados. Sin embargo, apenas co- menzó el periodo de más fuerte convergencia en crecimiento, se interrumpió totalmente la convergencia en tributación. En resumen: hemos convergido en crecimiento, pero no así en tributación.

Con la decisión de no hacer una reforma tributaria hay ganadores y perdedores. Los ganadores son justamente aquellos a los que se pudo haber gravado, pero no se les gravó con más impuestos; los perdedores son aquellos a los que no se les iba a gravar en una reforma, pero los que más serán impactados por un menor gasto público, porque lo que está implícito es que una gran parte del ajuste fiscal se hará por esa vía. Una mayor eficiencia recaudatoria también es una opción, pero esto no dará los recursos que demanda la brecha fiscal que tenemos.

Esto significa que el Gobierno va a operar con muchas restricciones, que no podrá hacer muchas de las obras que se ha propuesto y que la calidad del servicio de muchas instituciones se puede deteriorar, porque sus presupuestos tendrán que congelarse o reducirse. También, vendrán las tensiones con la militancia de un partido que reclama más puestos de trabajo en el Gobierno; y la lucha contra la pobreza y la desigualdad se complicará (el gasto público es la mejor herramienta para mejorar la distribución del ingreso de un país). Hoy más que nunca el presidente Abinader necesita el apoyo de la sociedad consciente.

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