El cuco militar da risa

De ahí el contrasentido histórico del actual ministro de Defensa al solicitar a la Cámara de Diputados que se excluya la competencia de los tribunales penales ordinarios para conocer y juzgar “infracciones militares” justamente cuando empieza a despuntar el vértice de un gran iceberg.

Se equivocaron medio a medio. La idea de un complot militar, a la usanza de los viejos tiempos, es ridícula y lo único que provocaría es motivo para un buen meme. Desempolvar el chantaje de un golpe de Estado para evitar que los armazones de la corrupción militar y policial sean desmantelados revela una ignorancia irreparable; una ingenua locura.

Pero si alguien quiere guisar su campañita a fuego lento, que lo haga; es casi seguro que solo conseguirá dos cosas: la burla de la sociedad y la pérdida del dinero. Aquí nadie está en eso, excepto quienes necesiten la prueba del polígrafo para explicar sus fortunas, y en la alta oficialidad activa y en retiro hay muchas cuentas que dar.

Es más, pienso que, si el presidente Abinader acomete con firmeza el saneamiento de esos rancios andamios de colusión, le agregaría valor histórico a su gobierno y de paso aglutinaría parte de la simpatía perdida por algunas de sus novatadas.

Hay que estar muy perdido para creer que el cuco de los rangos pone nerviosa a una sociedad abierta, contestataria y diversa como la de hoy. No somos la comunidad rural, domesticada, analfabeta y mística de hace cuarenta años. Hay rutas que no tienen retornos y esa es una de ellas.

Siempre que hago cualquier análisis me obligo a recordarle al liderazgo social y político el mismo dato: somos una sociedad joven (con un 53 % por debajo de 35 años). Hablarles a las generaciones reunidas en ese rango de alzamientos sediciosos, tramas desestabilizadoras o sumisión al “mito militar” es como contarles una historia védica en dialecto zulú. La mayoría de esos muchachos nacieron entre los gobiernos del PRD y del PLD. En sus cosmovisiones se alojan interpretaciones de la realidad muy apartadas de quienes vivimos bajo regímenes de fuerza, control policial o fermentos ideológicos, gente que hoy agota la tercera edad.

Esa franja joven del colectivo social, además de dominante, es la que impone tendencias y decide, como lo demostró en las pasadas elecciones. Esos muchachos no votaron necesariamente por el PRM; lo hicieron en contra del PLD. Están ahí, vigilantes, recelosos y atentos. Decirle a cualquier palomo de Villa Juana o a un popis de Piantini que la Justicia debe cuidar su accionar frente a la alta oficialidad por un trauma que nunca vivió, no cabe en sus códigos de comprensión racional. Hablarles de “atentados a la integridad de los cuerpos castrenses” como pretexto para mantener en la impunidad sus desafueros es un concepto definitivamente incomprensible. De manera que quien quiera subvertir que lo haga, pero con otros motivos, porque ese ni cosquillea. El cuco militar no asusta: de general pasó a ser un viejo sargento pensionado.

El presidente Abinader está resuelto a dejar actuar al Ministerio Público. Mientras esa decisión se mantenga, la gente seguirá brindándole apoyo a pesar de los constreñimientos de la recesión económica pandémica. Ese es su gran activo y no debe empeñarlo por el apremio o la aprensión de un grupito de vejestorios ansiosos (incluyendo a jóvenes viejos) que ven fantasmas conspiradores hasta en los sueños. En tanto las acciones judiciales alcancen intereses protegidos es muy seguro que el presidente reciba susurros disuasivos para frenar o condicionar su determinación. Si cede, pierde.

No muy pocos le aconsejarán cuidar su reelección cerrando frentes innecesarios o recuperar el control del Ministerio Público cuando sus investigaciones afecten intereses especiales. Hoy son insinuaciones; mañana, condiciones para pactos políticos. En cualquier escenario o tiempo, de darse, será la más desatinada decisión política de su vida que le hará perder el endoso de mucha gente confiada en sus sanos empeños, incluyendo a quien escribe. Y es que a la sociedad no le ha bastado con las investigaciones emprendidas para reclamar acciones más concluyentes; muchos, incluso, opinan que no se ha hecho gran cosa con la impunidad. La verdadera presión social no es para que el presidente suelte, sino para que agarre más fuerte. De manera que, lejos de asentir a sermones en contrario, Abinader debe enviar señales enérgicas que afirmen la irreversibilidad, consistencia y solidez de ese compromiso. De ahí el contrasentido histórico del actual ministro de Defensa al solicitar a la Cámara de Diputados que se excluya la competencia de los tribunales penales ordinarios para conocer y juzgar “infracciones militares” justamente cuando empieza a despuntar el vértice de un gran iceberg.

Después de la Operación Coral, oficiales activos y retirados no han disimulado su entusiasmo por la posibilidad de que por fin se levante el velo de impunidad que arropa por décadas a un núcleo de privilegios. La creencia en ese sector es que ni en las Fuerzas Armadas ni en la Policia Nacional existen sentido de cuerpo, cohesión de intereses o espíritu solidario, ya que de las “oportunidades del puesto” solo se beneficia un grupo reducido de la alta oficialidad. Un exgeneral me dice que los cuerpos castrenses no son instituciones: son negocios corporativos. Para los que no participan, que es la mayoría, obedecer es la lucha resentida de cada día.

La corrupción ha desplazado los centros y líneas de mandos, ha creado núcleos paralelos u oficiosos de subordinación, ha relajado la autoridad y ha abierto grietas internas irredimibles. Así que la verdadera conspiración que puede esperarse no es la que armen los que tienen cuentas pendientes, sino aquellos que han agotado sus vidas (sin retribuciones meritorias) en un proyecto decente de carrera militar y en contra de ese statu quo; para que se remueva una estructura descompuesta que depreda la promoción, el honor y la institucionalidad interna. De manera que, lejos de dejar las cosas como están, es el momento de pagar una vieja deuda social que los gobernantes han eludido. Todo lo que se haga donde poco o nada se ha hecho es hacer historia. Esa es la oportunidad de Luis Abinader.

¿Miedo? ¿Y a quién?…

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